Aún no soy capaz de explicarme lo que ha pasado esta tarde en nuestra fábrica de sueños. Un partido encarrilado a los 25 minutos que se nos va de una manera absurda, infantil si me apuran.
El equipo sale con Palop, Adriano, Escudé, Prieto, Navarro, Duscher, Romaric, Perotti, Navas, Renato y Kanuté. El equipo esperado desde los integrantes de este blog, en contra de lo que afirmaban desde los medios madridistas y locales adjuntos. Hay que conocer muy poco al equipo para pensar que Fabiano, tocado además, iba a salir junto al gigante de Mali. La salida de los nuestros fue sencillamente perfecta, explotando tanto las virtudes propias como las debilidades del rival. Inteligencia, velocidad, presión, movilidad y precisión. Hasta una decena de ocasiones acumulamos en los 25 primeros minutos con un escaso e injustísimo bagaje de un gol a favor (de Renato en el 17’). Y fue entonces cuando empezó a equivocarse Jiménez, haciendo el partido más cómodo que se le podía ofrecer a un limitadísimo Real Madrid. Los nuestros siguieron manteniendo muy arriba su posición, pero dejaron de morder, por lo que el rival dejaba por detrás de la pelota con relativa facilidad nada menos que a cinco jugadores del Sevilla. Se plantaban en línea de tres cuartos de su ataque (única posición donde presentan algo de calidad) encarrilados ya en el ataque, con balón controlado y prácticamente en superioridad. Agradeciendo y aprovechando esta evidente facilidad es como llegaron las tres ocasiones madridistas en la primera parte. La última de ellas, en el minuto 46’ (más psicológico imposible), fue la que acabó en el gol del empate. Mazazo de acero para los jugadores, no así para la afición, que veíamos como retomando el sentido común el partido volvería a ser nuestro.

Pero nada, la segunda parte fue despropósito absoluto. El mister no acertó en el descanso con el mensaje, ni en el plano anímico ni en el táctico. La misma tónica, peligrosísima para nuestros intereses, del final de la primera parte es la que se apreciaba en el inicio de la segunda. Y para mayor desacierto de pizarra Jiménez da entrada a un aceleradísimo Luis Fabiano por Duscher, siendo el argentino el único jugador que podía devolver el equilibro táctico al equipo, y viendo a un Romaric absolutamente desfondado (normal con la de minutos que ha jugado el hombre esta semana). Cabe aclarar, no obstante, que el argentino tenía tarjeta por una de las cacicadas (han sido infinitas hoy) de Pérez Burrull. Nos pusimos entonces aún más en el filo de la navaja y eso, ante este Madrid, es un suicidio. En el 62’ vuelve a marcar Raúl tras jugada de rebotes, suerte y, en el remate final, calidad (hay que reconocerlo) por parte del delantero rival. Y en el 66’ llega la guinda de la monumental empanada que sufrían nuestros jugadores, personificado en Romaric y Palop. El costamarfileño regala el enésimo balón de la segunda parte, esta vez a Higuaín, que centra desde la derecha raso y blando y Palop, cuando ya tenía la pelota agarrada, decide dejársela en los pies a Raúl para que este haga su hat-trick (qué cosa más triste). Si en la primera parte el Sevilla se equivocó mayormente cuando no tenía la pelota, en esta segunda fue al contrario. Intentábamos sacar la pelota jugada desde atrás pero con cuatro o cinco de los nuestros 50 metros por delante del balón, sin ofrecerse en corto, sin la movilidad del comienzo del encuentro, sin nada de nada. Así también se hace más fácil ver errores como los de Romaric. Poco antes del gol había salido Capel por un gran Perotti (el mejor de los nuestros hoy). El Sevilla, viendo el partido completamente perdido, empieza entonces a achuchar como en antaño. Balón a las bandas una y otra vez para que los extremos se las ingeniaran para poner buenos pases. Así llegó el gol Capel en el 80’, previo regalo de Sergio Ramos. Y con los nuestros en zafarrancho de combate se gestó la contra definitiva que acabó con el gol de Marcelo en el 91’.

Lo más preocupante de todo lo que se está viendo estos partidos son las brutales lagunas que sufre el equipo en conjunto. Un equipo del nivel del Sevilla debe mantener un mínimo (y sólo hablo de un mínimo) de concentración durante 90 minutos para hablar de Champions.
Y algo que ha sido aún más negativo que el juego de los nuestros ha sido el arbitraje caciquil, canalla, ruin y rastrero ofrecido por el lamentable Pérez Burrull. A diferencia del impresentable Bernardino, que no tiene problema en presentar su parcialidad en las jugadas que deciden un partido, este es especialista en la sutil (para los medios nacionales, claro) manipulación del desarrollo de un partido cuando se enfrentan Sevilla y Madrid, siempre a favor de los capitalinos, por supuesto. Que Lass, Gago, Sergio Ramos e Higuaín se hayan ido al descanso sin tarjeta es inaceptable. Los dos primeros con cinco faltas en su campo cada uno y los dos últimos con acciones violentas puntuales sobre Perotti (lo de Higuaín, como es lógico, pensando en el clásico de la semana que viene). Sin embargo Duscher (precisamente el argentino), en su segunda falta, merece ver la tarjeta. MAFIOSOS.

Pero lo más triste, lo más desolador, ha sido ver cómo la mayor parte de la afición coreaba “¡Jiménez vete ya!” delante del traidor más grande, no sólo de la historia de los nuestros, sino de la historia de la liga, al menos de la que yo conozco. Eso no dice nada bueno de la supuesta mejor afición de España, tal y como de ello presumimos.
Mankiw
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